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LA MALDICIÓN

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  En estos días descubrí que un hombre mayor que pasaba mucho tiempo en la playa no era un visitante regular sino un indigente que eventualmente adopta la caseta del salvavidas como dormitorio y almacenaje de sus pertenencias. Lo hace tan bien que ha pasado desapercibido ya que es un hombre blanco, bien presentado, educado y que vela mucho por la limpieza de la playa. A mí la indigencia me produce un malestar fuera de lo común, y es que en mi adolescencia durante una riña familiar, fui maldecida y condenada a la indigencia a manos de mi padre. La cultura en la que fui educada le otorgaba mucho peso a las maldiciones, especialmente las que provenían de los padres y de los sacerdotes. Después de que mi padre enunciara su maldición con una investidura de autoridad moral suprema, mi madre me abrazó y mediante un refrán me consoló de aquella pena "no se preocupe mija que maldición de perro ganso no alcanza" en aquel entonces no sabía el significado de ese refrán por lo que sus es...