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MULETAS ACADÉMICAS

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Soy nadie ¿Tu quién eres? ¿Eres tu también nadie? Ya somos dos entonces, no lo digas Lo contarían, sabes Qué tristeza ser alguien, Qué público: como una rana Decir su nombre junio entero Para una charca admiradora Emily Dickinson. No lo puedo evitar pero escuchar una lista interminable de títulos y de premios cuando nos presentan un personaje me produce no sólo incomodidad sino un recelo que casi siempre termina dándome la razón, tengo la sensación que el ser humano se pierde en todos esos accesorios con que nos terminamos identificando con el paso del tiempo, al final terminamos convencidos que somos todo lo que el papel dice, y lo peor es que en la práctica generalmente no somos nada de eso. Alguna vez un hombre me contrató para dar un ciclo de conferencias en Colombia, él considero que mi hoja de vida no era lo suficientemente atractiva, pero estaba cautivado por mi trabajo, por lo que se tomó la libertad de adornarme presentándome con una cadena interminable de títulos...

EL SÍNDROME DEL TAXISTA.

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Muchas mujeres que tienen hijos varones en el rango de edad entre los 30 y los 40 años no saben que hacer con ellos para que trabajen, muchos de ellos son brillantes, guapos y profesionales, algunos con una colección envidiable de títulos universitarios. A la generación mía nos tocó más difícil, la universidad era para los ricos, o para los alumnos aventajados académicamente, quienes generalmente conseguían entrar a una universidad pública cuando no era que salían del bachillerato directamente becados, el resto tenían que salir a conseguir empleo para ayudarse con algunos estudios profesionales que les aseguraran un futuro laboral prometedor, así que a nosotros nos tocó empezar a trabajar casi desde que terminábamos el bachillerato, luego llegó la generación en mención a quienes les tocó en suerte aquellos padres que habían tenido que trabajar arduo para pagar sus estudios y no querían que sus hijos corrieran con su misma suerte (tenemos una patológica inclinación a evitarle a los de...

SIN PROFESIÓN.

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Es la segunda vez que respondo al hombre que me está entrevistando que no tengo profesión. Es reiterativo en preguntarme acerca de un título o algo así. Y sé que para algunos esto es decepcionante, imagínense lo que pudo ser para mi madre quien fue educadora casi treinta años, que yo le dijera que no quería estudiar porque no creía en el sistema de educación, afortunadamente pudo haber sido difícil, pero en la práctica nunca lo fue. Eso ocurrió a muy temprana edad, cuando comprendí que el éxito educativo estaba basado en memoria más no en inteligencia, y que en las aulas aprendíamos a mentirnos a nosotros mismos en aras de simplemente demostrar un puntaje alto con que era medida nuestra supuesta inteligencia. Con lo que nos hacíamos muy hábiles llenando las expectativas de los demás (profesores, padres y sociedad) menos la nuestra; y que corría el riesgo de convertirme en un abogado, un médico, un contador, o alguna extraña que ya no sería yo misma. Así fue como desarrollé una fobia ...