MORIR DE AMOR

 María, la protagonista de la obra de Jorge Isaacs "La María" murió de amor en la imaginación del escritor, en la vida real Maria Mercedes Cabal murió a los 84 años y estuvo casada con el expresidente colombiano Manuel María Mallarino

Cuando yo leí la obra, en los setentas, yo escuchaba muchas historias de mujeres que morían de amor o de pena moral, una muerte provocada por no poder superar una pérdida bien fuera material o afectiva. 

Pero hace mucho tiempo que no se habla de eso, el mundo se volvió tan convulso que ya no hay tiempo para morir de amor, ahora la gente muere de hambre y hay una gama tan infinita de enfermedades, que hay incluso "enfermedades huérfanas" porque no se sabe su procedencia, no se pueden diagnosticar y por ende el tratamiento es ambiguo, una especie de experimento en donde por acierto y error le van dando un alivio muy mediocre al paciente, y que por lo general termina en muerte. El cáncer tomó el protagonismo y el nuevo estilo de vida hace que vivamos tan enfermos que muchos se acostumbran y optan por automedicarse en vez de hacerse a un buen seguro de salud.

Entonces ya no se hace necesario morir de amor o de pena moral, además se reconoció la depresión como una enfermedad que seguramente es el equivalente al mal de amor y a la pena moral y entonces ya esos dos males dejaron de ser mortales. Pero además llegaron las redes sociales a mostrarnos un mundo allá afuera lleno de depresivos, tristes, melancólicos y más emproblemados que uno, que hace que nos burlemos de los que se atrevieron a morir de amor y de pena moral. 

Ahora la pena moral tiene unos nombres todos rimbombantes prestados del inglés (anglicismos) que incluso hasta dan ganas de padecer de esos males porque nada le produce más placer a los latinos que las modas gringas. 

Además estamos llenos de terapeutas que nos ofrecen fórmulas de sanación a cambio de pasar tiempo en redes sociales alimentando el algoritmo. Ese quizás sea el equivalente al "gota a gota" que era como llamaban al suero que nos inyectaban de manera intravenosa. 

En estos tiempos de soledad colectiva donde cada uno vive en su compartimiento quejándose de la crisis masiva de liderazgo masculino todos tenemos nuestras venas conectadas al algoritmo que sabe mejor que nosotros que de amor no se muere nadie, pero de pena moral quizá si.



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