TREINTA Y VEINTE

Tardé años en recuperarme de su partida porque realmente fue una pérdida grande. Yo era 9 años mayor que él, para entonces a mí me parecía que teníamos 3 brechas generacionales de por medio y me sentía culpable por relacionarme con un hombre menor, no ayudaba mucho el ojo crítico de la sociedad.

De él me enamoró en principio su apariencia física (siempre he tenido debilidad por los hombres guapos) en la medida en que lo iba conociendo me cautivaron otras cosas, como que era muy brillante, poderosamente inteligente tenía una inteligencia emocional increíble y capacidad para recaudar muchísima información pues gozaba de una memoria prodigiosa. Como si todo eso fuera poco tenía una sensibilidad exquisita y puedo decir sin temor a equivocarme que el mejor escucha que he tenido, cuando yo hablaba él se perdía en mi rostro, no miraba para otro lado y yo sentía que era una oradora poderosa que había capturado toda su atención. Algo que me encantaba de él, era que todo de mí le causaba curiosidad y yo me sentía realmente vista.

Con él la interacción era contemplativa, podíamos quedarnos viendo un atardecer mientras sonaba música clásica en la radio y permanecer en absoluto silencio sin que ese silencio nos incomodara, yo podía escuchar la manera como él suspiraba alrededor de toda la belleza que nos circundaba y eso me parecía mágico. Nunca conocí un hombre así y la verdad nunca lo he conocido después, con esa capacidad de fusionarse con el presente y de disfrutarlo tan intensamente como lo hacía él. Era un sibarita innato, la clase de persona que cerraba los ojos para saborear los alimentos como queriendo capturar el momento a través de sus sentidos.

Él hacía de cada momento juntos una película inédita, una experiencia sagrada, algo inolvidable. 

Todas las celebraciones con él eran un acontecimiento monumental, nadie nunca me ha vuelto a celebrar un cumpleaños como lo hacía él, con esa minuciosidad asegurándose que con cada detalle yo me sintiera la mujer más importante de la vida, de su vida, y aunque yo sabía que lo era, ese saberme vista por él de esa forma era algo apenas soportable.

Juntos hicimos viajes maravillosos, a veces no salían como lo habíamos planeado pero nuestra capacidad de adaptarnos nos permitía recalcular nuestros objetivos y entonces hacíamos de esos cambios de planes y de variantes la mejor parte del viaje. Me gustaba pensar que esa era la forma como el universo nos sorprendía favorablemente. Como aquella vez que resultamos atrapados en una finca lejana sin comida y sin un lugar cerca para comprarla, entonces echamos mano de lo único que había cerca, muchas yucas y descubrimos mil maneras de prepararlas y que luego comimos en un enorme patio mirando al firmamento que estaba enmarcado por decenas de estrellas, esa fue por mucho tiempo una de nuestras anécdotas favoritas.

El día que siempre supe que llegaría llegó de repente, ese final tan temido se fue anunciando lentamente a manos de ese gestor implacable que es el tiempo.

Lentes nuevos y perspectivas diferentes le ofrecieron nuevas formas de verme. Yo pensaba que teníamos un amor distinto, un amor que lo trascendía todo, un amor que sin importar el infierno que el otro visitara Iba a mantenerse exento del fuego de ese infierno, pero no, él se dejó engañar por mis errores y por las oscuras imágenes que a veces le mostraba(*). y no me pudo ayudar a recordar mi belleza cuando me sentí fea; mi totalidad cuando me quebré; mi inocencia cuando me sentí culpable y mi propósito cuando estuve confundida. Él, que conocía la canción de mi alma, de repente la olvidó por completo y ya nunca más la pudo entonar.

Saber que me hice acompañar durante 12 años de un hombre tan maravilloso me hace sentir viva y me permite confesar que he vivido.

Quizás yo sea un mal recuerdo en su memoria, no lo sé, pero él es el mejor recuerdo que atesoro de mi vida sentimental, honro el legado que me dejó: el placer de los sentidos y la paz de los mismos, el disfrute intenso de la música clásica, el poderme apoderar del presente con facilidad sin dejarme capturar por la premura de un futuro inexistente, permitir que el arte permeara todos mis sentidos y mi cuerpo; y lo mas valioso, creer en mi misma. Doy gracias por haberme hecho acompañar de un hombre tan maravilloso.

(*) adaptación de un párrafo de la canción del niño




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