LA DAGA
Fue en otoño cuando hundiste el filo: un golpe sutil, casi imperceptible. «Es solo una broma», dijiste, pero ni tu propia boca pudo sostener la risa mientras yo, en silencio, comenzaba a sangrar. Con los días, te aseguraste de ganar profundidad. Administrabas con maestría quirúrgica la indiferencia, el silencio y la confusión. Arrojabas discursos baratos, palabras obsoletas que no guardaban coherencia con tus actos, y que yo —por razones que aún no alcanzo a comprender— insistía en comprar. Contaba cada centímetro de acero abriéndose paso en mi pecho. Afuera llovía a mares, y en mi rostro también. Mis noches se volvieron insomnes, rotas, inaugurando cada amanecer con tu nombre como el primer pensamiento del día. Vivía hamacada por el vaivén de la esperanza, esperando el milagro de que retiraras el arma y pronunciaras un «te amo», o cualquier otra farsa que doliera menos que esa incertidumbre clavada en mi centro. En invierno intenté arrancar el metal por mi cuenta. Parecía simple, u...