EL SEÑOR YO.
Hice mi mejor esfuerzo para comunicarme con él, pero sin importar que tanto tiempo, creatividad y energía derrochara construyendo frases que lo incluyeran, y que también hiciera posible que se interesara un poco en mí, no había forma, cada nueva frase que él empezaba anulaba la que yo había dicho y la empezaba con las palabras yo, mi, me y mis. La comunicación estaba intervenida por éstos pronombres que sólo hablaban de él, de sus cosas, de sus gustos, de sus ocupaciones, de sus intereses, de su mundo, mientras el mío lucía sospechosamente invisible ante sus ojos, y lo que era peor no aparecía por ningún lado un leve interés en que mi mundo se hiciera visible para él. Así que desistí y me entregué a escuchar su monólogo mientras observaba su lenguaje corporal; y dejé de hablar. Me dediqué a soltar monosílabos que le recordaran que tenía público, aunque sospecho que de igual forma no eran necesarios los monosílabos, sospecho también que me habría podido marchar y él habría seguido habla...