LA DAGA


​Fue en otoño cuando hundiste el filo: un golpe sutil, casi imperceptible. «Es solo una broma», dijiste, pero ni tu propia boca pudo sostener la risa mientras yo, en silencio, comenzaba a sangrar.

​Con los días, te aseguraste de ganar profundidad. Administrabas con maestría quirúrgica la indiferencia, el silencio y la confusión. Arrojabas discursos baratos, palabras obsoletas que no guardaban coherencia con tus actos, y que yo —por razones que aún no alcanzo a comprender— insistía en comprar. Contaba cada centímetro de acero abriéndose paso en mi pecho. Afuera llovía a mares, y en mi rostro también. Mis noches se volvieron insomnes, rotas, inaugurando cada amanecer con tu nombre como el primer pensamiento del día. Vivía hamacada por el vaivén de la esperanza, esperando el milagro de que retiraras el arma y pronunciaras un «te amo», o cualquier otra farsa que doliera menos que esa incertidumbre clavada en mi centro.

​En invierno intenté arrancar el metal por mi cuenta. Parecía simple, una fórmula matemática dictada por el mundo: contacto cero, la ley del hielo, usar tu propia artillería para extirpar de raíz tu recuerdo. Pero descubrí que no estoy hecha de esa materia fría. Elegí, entonces, seguir cargando el puñal y acariciar la ilusión que yo misma había edificado.

​Llegó la primavera y con ella, el empuje final. Hundiste la daga por completo y mi corazón quedó, literalmente, partido en dos. Fue en esa fractura exacta donde hallé la fuerza. Tomé el mango desde lo más profundo de mi herida, la saqué de un golpe y la blandí hacia lo alto.

​Decidí elegirme.

​Comencé el oficio de remendar mi pecho, de quererme y contemplarme en mi real dimensión. Volví a escribir poemas, a viajar, a mirar con ojos limpios el horizonte y el rostro de otros hombres. Y a medida que yo florecía, tu verdadero ser emergía de entre los escombros. Fue entonces cuando lo vi con claridad: nunca exististe. Te construí yo. Eras una suerte de Frankenstein hecho de mis propias ruinas mentales, de mis heridas de la infancia y de mis temores ancestrales.

​Al desvanecerse el mito, te desvaneciste tú; y al fin, dejé de ser yo contigo.

​Gracias por no haber sido. Gracias porque, al fin, yo no fui.




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