SIN PROFESIÓN.

Es la segunda vez que respondo al hombre que me está entrevistando que no tengo profesión. Es reiterativo en preguntarme acerca de un título o algo así. Y sé que para algunos esto es decepcionante, imagínense lo que pudo ser para mi madre quien fue educadora casi treinta años, que yo le dijera que no quería estudiar porque no creía en el sistema de educación, afortunadamente pudo haber sido difícil, pero en la práctica nunca lo fue. Eso ocurrió a muy temprana edad, cuando comprendí que el éxito educativo estaba basado en memoria más no en inteligencia, y que en las aulas aprendíamos a mentirnos a nosotros mismos en aras de simplemente demostrar un puntaje alto con que era medida nuestra supuesta inteligencia. Con lo que nos hacíamos muy hábiles llenando las expectativas de los demás (profesores, padres y sociedad) menos la nuestra; y que corría el riesgo de convertirme en un abogado, un médico, un contador, o alguna extraña que ya no sería yo misma.

Así fue como desarrollé una fobia paralizante a ser evaluada. Mis incursiones como insubordinada fueron prematuras, cuando un tema me apasionaba era capaz de hacer lo que fuera por profundizar en él, cuando llegaba a la escuela con más información de la que tenía la profesora, fui castigada por desautorizarla, también me rehusé muchas veces a estudiar un tema porque simplemente no me incumbía, no lo consideraba necesario y me resultaba aburrido. Lógicamente siempre llevé las de perder, por lo que mi madre adoptó mi educación por su cuenta en el salón de clases suyo donde estudiaban sólo varones, algunos años se me dio la oportunidad de estudiar con chicas, eso era cuando conseguía adaptarme medianamente a la absurda normatividad educativa.

Mi método de educación personal era simple, escuchaba al profesor atentamente y hacía cuanta pregunta se me ocurría hasta tener el tema comprendido, pero no estudiaba, cuando llegaban las evaluaciones casi nunca podía responder las preguntas puntuales que el profesor hacía, por lo que me limitaba a resumir en una hoja el tema que estaban evaluando, y al final de mi resumen le rogaba al profesor que tuviera en cuenta a la hora de calificarme lo que había aprendido no lo que había dejado de aprender. Con este método coleccioné suficientes malas notas para perder el año, y conseguía que mi madre pasara mucho tiempo en mi escuela siendo enterada de lo que pasaba con su hija "problema". En la época actual los sicólogos dirían a mi madre que era mi manera de llamar su atención para que se ocupara de mí, y seguramente se enfocarían en resolver esa parte del asunto, en aquel entonces bastaba con esa mirada rígida de mi madre que me dolía más que un latigazo en las piernas, y entonces juro, por todos los dioses de todas las religiones del mundo, que hice lo posible por ser una "buena alumna" y estudiar, y memorizar lo que los demás memorizaban, pero me consumía saber que el que memorizaba no era tan brillante como yo, y que ni siquiera podía sostener una conversación o un debate sobre el tema evaluado.

Mi gran alivio fueron los centros literarios, donde la iniciativa, la comprensión de lectura y el interés auténtico por un tema quedaban a la vista de todos y era donde los demás tenían que esforzarse justo en lo que yo no tenía que hacer ningún esfuerzo. Cuanto adoré a mi profesora Aidé por su metodología en la asignatura de español y por hacer de esos años los mejores para mí y hacerme sentir que no era la bruta que los demás profesores pensaban que era.

Nunca fui académicamente aventajada, nunca izaba bandera, ni me llevé los primeros puestos, ni tuve condecoraciones por ser perfectamente “educastrada” Me he dado cuenta que no me perdí de nada, no cambiaría mi patrimonio por el de nadie que haya tenido todos estos logros académicos, entre otras cosas muchos de los que si tuvieron y siguen teniendo estos logros han desfilado por mi vida preguntándome como enfrentar una situación que no exige mayores destrezas emocionales pero que ellos ignoran como hacerlo. Estuvieron muy ocupados almacenando datos y usando su cerebro y su sentido común al servicio de la educación socialmente establecida para ocuparse de ellos mismos. Y es como todo, asi como se necesita invertir tiempo y energía para prepararse académicamente también se necesita tiempo y energía para equiparse emocionalmente y adquirir herramientas para enfrentar las adversidades de la vida, la vida exige maestrías, unas son mas funcionales que otras, y cada cual tiene el libre albedrío para adquirir la destreza que quiera, bien sea la maestría del alma, o la del cuerpo ambas son válidas, sólo que es nuestra responsabilidad vivir de acuerdo con la maestría que elegimos, en esto no hay lugar para culpar al destino de lo que sólo nosotros hicimos.

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