EN LA MEJOR COMPAÑÍA DEL MUNDO

Siempre quise tomar el tren rumbo al norte, y lo acabo de hacer. Me dejé capturar por el sistema más lento de transporte que existe en USA, y disfruté de no tener prisa por llegar a mi destino, son cerca de dos horas más que uno tarda en tren en relación a viajar en auto, pero vale la pena, los pueblos gringos se tienden a los lados con todo su paisaje singular y esplendoroso. La tranquilidad que para algunos puede resultar aburrida es el común denominador de estos pueblos, algunas estaciones como la de Sebring lo transportan a uno en el tiempo porque conservan su toque mágico como de otro siglo; y el estacionamiento queda al frente de las puertas de donde se desciende del tren, haciéndonos testigos desde nuestro vagón de como el destino reúne personas que estuvieron separadas o que quizá se están viendo por primera vez.

Allí me dejé capturar por un anciano de unos 80 años parado junto a su impecable BMW negro, esperando por una otoñal y esbelta mujer de mayor edad también, a quien abrazó dándole palmaditas en la espalda para después besar apasionadamente en los labios. Tardaron el suficiente tiempo en llegar al baúl para que me percatara del color de sus ropas, y para que fantaseara con la historia que estaban protagonizando, me pregunté si estarían casados hace varios años, o si solamente serían novios, y sentí el impulso de bajarme del tren y meterme en su auto para interrogarlos y que me hicieran participe de su historia. Al lado una mujer evidentemente americana que vestía una camiseta blanca con una falda de jean hasta media pierna, unos zapatos tenis y medias que se encontraban con el borde de la falda, recibía a una mujer latina que lucia tímida ante el recibimiento, la anfitriona le mostró el auto como si se lo estuviera vendiendo pero después le recibió la maleta y la puso en el baúl mientras la mujer latina entraba en el auto y trataba de relajarse sobando su regazo con ambas manos.

Fueron las únicas personas que descendieron del tren en Sebring y sus imágenes fueron capturadas por mis los ojos para grabarse en mi memoria. Me quedé pensando en ellas con mi libro en el regazo cuando el hombre que había en la silla de adelante tuvo un ataque de pánico porque acababa de verificar que no tendría Internet en el tren y que su teléfono celular perdía cobertura en algunas zonas, la auxiliar del tren una morena grandota y atractiva fue dura con él, hasta que comprendió la gravedad de los hechos, realmente el tipo estaba en pánico. Al hombre le esperaban doce horas atrapado en un tren y no sabía como invertir ese tiempo ni sabía como estar a solas consigo mismo todo ese tiempo. Repitió con el tono de voz más alto de lo que es permitido dentro de un tren que sólo sabía hablar por teléfono y navegar por Internet, mientras yo no sabía si compadecerme o admirarlo. Se unieron a él otros tantos pasajeros que compartían su misma suerte y que reclamaban por mejor cubrimiento de internet.  Me alegré de haber desarrollado tanto interés por la lectura y por la escritura porque en cambio me estaba disfrutando de tener el tiempo suficiente para leer y escribir y para seguir capturando imágenes en las estaciones.


Atravesamos el parque de una población que estaba lleno de niños rubios de ojos azules, con madres rubias de ojos azules, cuyo pasatiempo favorito parecía ser ver el tren pasar y agitar la mano en el aire en señal de un adiós que la mayoría respondíamos desde el tren, esas sonrisas de esos niños también se me quedaron grabadas en los ojos y me hicieron no sólo fantasear con sus historias personales sino también olvidarme por un rato de las protestas vigentes de los personajes que no sabían como pasarla bien con ellos mismos.

Invité al hombre que estaba aburrido a leer un libro, pero me miró como si le hubiera insultado, entonces le invite al vagón del restaurante a beber una copa y aceptó, me pidió prestado mi teléfono celular para probar suerte con mi señal y se horrorizó cuando le dije que viajaba sin uno porque no tenía teléfono celular, pero le di la opción de usar el "railphone" el teléfono del tren por el que se paga una cifra considerable pero que lo mantendría entretenido. Allí lo dejé con su copa en la mano en compañía de una rubia que se recorría todos los vagones con dos enormes carteras colgadas de cada hombro, y no lo volví ver en su asiento delante del mío, los otros me preguntaron que había hecho con el pasajero aburrido y les di la dirección para que siguieran sus pasos.

El vagón quedó ligeramente solitario, y yo me enfrasqué de nuevo en mi lectura que sólo era interrumpida por una porción de nueces y fruta mientras una nueva estación me regalaba mas imágenes para ser consumidas por mi infinita curiosidad.

Viajar en el Amtrak , el sistema de trenes de los Estados Unidos, con su grandiosa organización, con la manera como protegen el silencio y la tranquilidad en el viaje, y con la normatividad tan estricta que tienen y que hacen cumplir, puede reemplazar tranquilamente a un retiro espiritual para aquellos que quieren asumir el reto de pasar unos días sin prisa y en la mejor compañía del mundo, la de uno mismo.

Comentarios

Calu ha dicho que…
Que delicia leerte. Me envolviste con tus letras. Hasta me dieron ganas de montar en tren. Tantas historias simultáneas, tanta complejidad humana. Gracias por compartir. Adealnte.
Anónimo ha dicho que…
Lulu,
Que articulo tan maravilloso, el tren tiene un encanto para mi, remueve mi niñez, pues verlo desfilar ante mis ojos y decir adios a los pasajeros era algo que regocijaba mi espiritu. Gozo de la dicha de trabajar cerca de la carrilera del tren y en muchas ocasiones a la salida de mi trabajo lo veo pasar, es un tren de carga , pero igual su sonido me transporta a mi niñez y disfruto mucho de ese momento. Hermosa la manera como describes me mantuviste entretenida y consumida en tus vivencias.
Un abrazo,
Clemencia Huertas

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