(En memoria de Alfonso Jiménez Alvarez) Mi padre acaba de iniciar el viaje del que no regresará, no al menos con el mismo cuerpo que lo acompañó durante casi ochenta años, ni con el mismo nombre, su alma por fin es libre; y es muy curioso que él haya vivido persiguiendo la libertad, y que amándola tanto la perdiera de varias formas y en muchas ocasiones. Se fue en unas condiciones inusuales, ninguno de la familia pudimos llegar hasta el lugar donde él decidió partir. Cuando lo supe me fui al gimnasio y pedaleé en mi clase de spinning durante una hora, persiguiendo suficiente dosis de endorfinas que anestesiaran mi dolor. De regreso a casa me sorprendí hablándole en el auto y llorando, ésta vez no lloraba por mí, como pienso que lo hacemos casi siempre, ésta vez de verdad lloraba por él, por su ego, que lo podía sentir galopando sobre mi como si fuera el mío. Quizá por eso fue fácil dejar de llorar, el ego pierde vigencia cuando nos vamos. Recordé las veces en que permitimos que el ...
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