MI NIÑA Y YO
A mi hija en el primer escalón de su cuarto piso
Mi hija fue criada en un matriarcado, no obstante ella le apostó al amor y ha hecho lo necesario para asegurarse una relación de pareja. Irónicamente yo le admiro su lealtad a ese sentimiento al que yo no he podido serle ni fiel ni leal. Mi niña y yo somos gotas de agua de océanos diferentes, nuestro sistemas de creencias distan mucho y aún así sabemos abrazar nuestras diferencias. Admiro el respeto que mi hija siente por mi manera de pensar en algunos tópicos y como me expresa su respeto con ese silencio que no reprocha sino que comprende.
Yo no sé si ella es consciente que ese silencio que ella administra también en su vida social es una de sus fortalezas con la que se asegura el afecto, la admiración y el respeto de su círculo social.
Juntas hemos pasado por momentos difíciles como si fueran partos en los que nos damos vida mutuamente a veces siento que es ella quien me está dando a luz con sus cuidados y otras veces soy yo quien lo hace. Ese intercambio de roles tan repetitivo en nuestras vidas nos ha permitido fortalecer nuestra relación con el paso del tiempo.
De ella aprendí con su ejemplo a no querer cambiarla de la misma manera que ella jamás ha querido cambiarme, reconozco que ella tiene más talento que yo en este aspecto, jamás he recibido de ella el más mínimo reproche por mi particular manera de ver el mundo y de expresarme. Gozar de su aceptación incondicional ha sido fuente de inspiración para seguir su ejemplo.
Yo no sé como hubiera sido mi vida sin ella, una cosa si es cierta, mi vida con ella ha sido maravillosa no porque todo haya salido como queríamos o como esperábamos sino porque juntas hemos aprendido a navegar el río de la vida y a capitalizar nuestras expectativas no satisfechas, conscientes que cuando las circunstancias no nos favorecen es porque son las que necesitamos en el nivel del alma. Gracias mi princesa por elegirme como madre para desplegar tu destino a mi lado y crecer juntas.
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