LA DANZA DE LOS BUITRES

Siempre pensé que un velorio era un espacio en el cual uno despedía a su ser querido en compañía de familiares y amigos, en un ambiente triste pero pacífico, y de hecho las primeras horas así fueron, amigos por los que nunca imaginé estar acompañada emergieron de la nada contribuyendo con su presencia a unos momentos terapéuticos que me contactaban de nuevo con la vida cuando lo único que podía ver era muerte. Mis amigos de colegio a quienes no veía en casi treinta años se movilizaron con una rapidez asombrosa y estuvieron acompañándome. cuando empezaba a pensar que entre los amigos y la familia ese momento se haría mas llevadero empezaron a aparecer  aquellos que viven de la muerte y que tienen la facultad de sustraerse del dolor que produce el desapego forzoso al que nos vemos sometidos mediante la muerte. Nunca supe como se las arreglaron para conseguir los números telefónicos de las personas cercanas a mi, a falta de celular propio, para contactarme y ofrecer los diferentes servicios desde cantos, ceremonias, rezos, rosarios, canciones de despedida, misas cantadas y coros de despedida. Y todos con tarifas que exceden los cien mil pesos. Lo que más me impresionó fue la excelencia con que es presentado el producto, y como apelan a la culpabilidad para venderlo, si uno no esta en paz con el difunto  y con uno mismo, la venta está asegurada porque como dejar ir al difunto sin una despedida digna del amor que no se le otorgo en vida y con el que uno se encuentra en deuda. mientras escuchaba sus exposiciones con sus fingidos pésames me parecía estar viendo a vendedores del afecto no entregado a tiempo usando la vulnerabilidad del doliente para asegurar la venta. Confieso que yo misma estuve debatiéndome entre lo que mi madre se merecía y mi economía, que  entonces estaba bien resentida con los cobros extras de la funeraria. Tengo que abonarle el excelente servicio de la funeraria y sobre todo del tanatólogo quien tomó de su tiempo para brindarme la asesoría necesaria para la conservación del cuerpo de mi madre por más de veinticuatro horas.
En el cementerio no pasó muy distinto. Los tríos, los guitarristas, los mariachis y las coristas están a la orden del día, rondando la zona, cual buitres en cacería, si no son contratados ellos cantan de todas maneras al mejor estilo del artista de bus, y después pasan cobrando por las canciones entre los presentes, se las ingenian para cantar la canción favorita del difunto y con ello consiguen más dinero que si hubieran sido contratados, y uno queda con un hoyo en el pecho profundo y con esa sensación de sincronía cósmica ante semejante casualidad.
Cuando uno cree que todo ha terminado llega alguien de la familia que siempre está al tanto de todos los rituales religiosos a pedir el novenario de misas para que el difunto no "quede en pena". En ese punto me entero de que Dios tiene estratificación social en Cali, una misa en estrato uno vale veintemil pesos (de igual forma me parece una fortuna para una familia pobre) y puede llegar a costar casi cien mil pesos dependiendo del estatus de la iglesia y de los famosos que se hayan casado en la iglesia. 
De la estratificación social no se escapa ni la muerte, lo cual me hace temer por los muertos pobres, si multiplicamos veintemil pesos por nueve estamos hablando de ciento ochenta mil pesos, un porcentaje significativo del salario mínimo. Lo cual me hace pensar en que deberíamos considerar cambiar de religión antes de morir no sin antes documentarnos sobre los rituales de las otras religiones y comparar presupuestos, suficiente con la ruptura a la que se ven sometidos los dolientes con la perdida para también dejarlos con semejantes dilemas ético religiosos.
Como estoy inmersa aún en este proceso me pregunto que más sigue, cual será el siguiente buitre, pero me ronda la inquietud de cuales serán los buitres de los buitres cuando estos tienen que sepultar a sus seres queridos.


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