LOS HOMBRES CAÍDOS

Hay momentos que me capturan, segundos que me atrapan en su esfera de eternidad y que me sumergen en imágenes tan reveladoras que es como si me entregaran la pieza faltante de un rompecabezas que termina dándole forma a algún aspecto de mi vida inconcluso.

Eso me pasó la otra vez que estaba leyendo un cuento de mi autoría para el público en un teatro de Miami. El conductor del programa llamó al escenario a un hombre de mediana edad, alto, fornido y guapo, lo sentaron a mi lado y de inmediato percibí todos sus dolores tanto corporales como emocionales, estos últimos tan profundos que parecían dolores más del alma que del cuerpo, jugaba con sus manos nerviosamente por lo que me quedé mirándolas, estaban  gastadas por el trabajo fuerte seguramente en construcción, de repente emergió ante mis ojos una herida que empezaba en su dedo del corazón y terminaba en su dedo meñique, como si un cuchillo hubiera atravesado en diagonal sus tres dedos, la herida estaba completamente abierta, pero cicatrizada, habría necesitado ser suturada, pero por algún motivo, seguramente económico, nunca lo fue, por lo que había cicatrizado abierta. Ver sus dedos así abrió un hondo precipicio en la boca de mi estómago, le miré a la cara, y unos hermosos ojos azules me mostraron una profunda tristeza que no prometía terminarse con nada, le costaba sonreír por más que los presentes estábamos empeñados en que lo hiciera, era como si se le hubiera olvidado hacerlo.

Me rendí ante la idea de sacarle una sonrisa y me conformé con que se sintiera medianamente confortable en nuestra presencia, o al menos lo suficiente para que regresara algún día al programa y nos cantara de nuevo las canciones que había entonado y que hacían gala de una voz prodigiosa que el había sepultado por largos años, por algún motivo que desconocemos; y que estoy segura que tiene que ver con su profunda tristeza y con ese dolor que pude percibir, no sé si,  por la cercanía física que tuvimos durante la presentación, o porque soy infinitamente sensible para percibir las tempestades internas de los demás.

Yo hubiera querido quitarme la imagen de este hombre de mi mente, luego de que él saliera del escenario y su cuerpo desapareciera por la puerta del teatro, pero no fue así, sus tres dedos atravesados por la lámina de algún objeto corto punzante, me perseguían como esa imagen con que un masoquista se deleita, y aunque no creo tener nada de masoquista, ni el dolor ajeno o propio me deleita, esos tres dedos seguían en mi mente. Fue más tarde que me quedé a solas cuando empecé a comprender que estaba impactada por la imagen vulnerable de este hombre porque he sido educada para concebir a los hombres invulnerables, como si ellos no tuvieran derecho al dolor. De repente emergió el recuerdo de un hombre que había conocido esa misma semana y que lo que había comenzado como una amena e interesante conversación había terminado en una exposición de heridas abiertas que aunque no le recorrían tres dedos de su mano izquierda, eran peores, porque era invisibles hasta para él mismo, y seguramente esa era la razón por la que al igual que la herida de los dedos de aquel hombre, no había sido suturada jamás.



Las heridas de los hombres suelen pasar desapercibidas para las mujeres, a menos que seamos muy observadoras, podremos vislumbrarlas a través de esas leves fisuras que se hacen visibles en las conversaciones, adoptan tantas formas como hombres conozcamos, algunos comen para mitigar su ansiedad, otros beben alcohol para no encontrarse con su realidad, consumen drogas para no darse cuenta quienes son, o se aíslan del mundo y se concentran en una sola actividad y persona para protegerse del dolor que temen que les pueden causar los demás; y aunque las mujeres también hacemos cosas similares, nosotras tenemos una válvula de escape de la que ellos carecen: gritamos y nos reunimos con amigas para exponer nuestras heridas porque no hemos aprendido que ocultarlas nos hace invulnerables, quizá sea eso lo que hace fuerte al sexo débil.

Mi amiga Ada suele hablarme de las heridas de los hombres de su país, ella los llama los hombres caídos, y aunque al principio me pareció un nombre muy fuerte, ahora comprendo que a ellos también les acude el derecho a cargar sus heridas aunque no sean conscientes de ellas, y que sus mecanismos de defensa por misteriosos que nos parezcan son válidos, quizá necesitemos más comprensión con el alma masculina respecto a como se suponen que deben ser ellos, una cosa si estoy entendiendo, comprender las heridas de guerra emocionales de los hombres no los hace tan atractivos sexualmente para nosotras, y quizá ellos lo saben instintivamente, por eso se empeñan en camuflar sus heridas con un barniz de invulnerabilidad y de fortaleza que pasa desapercibido para muchas mujeres, lo cual hace perfecta esa danza entre el verdugo y la víctima (emocionalmente hablando) que tanto juegan algunas parejas en aras de conservar la famosa hormona fenil etil amina que hace de la química sexual ese aperitivo que promete que el plato principal será la convivencia.

Comentarios

Anónimo ha dicho que…
Creo que las mujeres, en general, no quieren escuchar a un hombre hablar de sus heridas emocionales. Y cuando un hombre se atreve a abrir su corazón y el alma de una mujer, en seguida se ha colocado a sí mismo en la "zona de amigos" de la que no hay redención. Por eso ella dice nada que se trata de sus emociones. El quiere "conservar la famosa hormona fenil etil amina que hace de la química sexual ese aperitivo que promete que el plato principal" estará servido. Eso ha sido mi experiencia.
Alejandro Hernández ha dicho que…
Fantástico reflejo de una realidad machista que desde viejos tiempos se ha planteado, en el film "belleza americana" se trata de reflejar la apariencia en que vivimos y la cruda realidad que se esconde tras la máscara. Lumediana te seguimos y esperamos con ansias tu próxima publicación... gracias!!

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