LAS DIOSAS DEL TACÓN Y LA SEDUCCIÓN.

Cuando estuve en su casa por primera vez sabía que era un hombre soltero, por eso no me sorprendió su obsesión por los cuadros de mujeres desnudas, por las prendas íntimas, accesorios y maquillaje olvidados por ahí, que sólo podían ser el trofeo adquirido después de la victoria obtenida sobre un nuevo cuerpo femenino. Uno sólo puede pensar en mujeres cuando se tropieza con tantos símbolos de la exquisita naturaleza femenina. No obstante algunos de estos símbolos se nos arrebatan del sentido del gusto a muy temprana edad, los más sensuales elementos de la feminidad han sido atribuidos a la mujer vulgar, otro invento de la mujer machista para arrebatarnos las inofensivas armas con que las mujeres sólo por instantes logramos vencer al macho bajo el influjo de una sobredosis de energía femenina.


Las mujeres y no los hombres hemos clasificado a las mujeres entre vulgares y sobrias, obligando al hombre a casarse con las segundas deseando a las primeras. Pero la realidad es que el instinto básico de la mujer duerme dentro de todas nosotras, trasportándonos por los diferentes roles que nos hacen enloquecedoramente atractivas, ese mismo instinto básico es el que nos permite pasar de la sobriedad absoluta a la demencia brutal en donde todos los sentidos participan de manera activa para despertar a las miles de mujeres que residen dentro de nosotras.

Muchas señales nos advierten que somos muchas mujeres detrás de la fachada de una sola, que sólo tenemos miedo de ser tantas y de podernos mover en tantos roles, por eso cuando supe que todo ese olor a mujer en su casa no era más que su propia fragancia, en un intento por imitarnos, un poderoso orgullo de mi condición femenina me embargó. Así de maravillosas, poderosas, sensuales y envidiables somos las mujeres que él quería ser una de nosotras, quizá por eso me deleita tanto ver un espectáculo de travestis, nadie mejor para recordarnos nuestra esencia femenina desperdiciada que aquel que sin poseerla completamente adopta nuestros símbolos con una precisión asombrosa y dibuja una mujer en su cuerpo, pero más allá, por instantes logra despertar una auténtica mujer en lo más profundo de sí mismo, entonces me doy cuenta que esos símbolos de la mujer "vulgar" sólo son exaltadores de la condición femenina imprescindibles en algunos rituales de seducción.



Entro en un reino femenino sagrado de mi misma, cada vez que estoy en su casa, hay allí una conexión divina con toda la gama de mujeres existentes, él puede socializar a través de su cuerpo con todas sin discriminación alguna, le merece tanto respeto y admiración cada una de ellas, como si él pudiera vernos más allá de nuestro conjunto de huesos y músculos y conectarse con esa esencia femenina de la que él busca apropiarse.

Mientras me miro en el espejo me siento presa de una suerte de narcisismo que me embelesa, observo el paso de algunos años a través de mi piel, de mis cabellos, y de mi cuerpo y no me asusto, lo inevitable llegará, un día esta piel se arrugará cansada de amar y ser amada en la forma; y buscará otras maneras de amor. Siempre que forro mi piel en trajes que me gustan, recuerdo lo transitoria que es la forma corporal, que después de unos años más este cuerpo no se podrá forrar en los mismos trajes, ni soportará el peso de tantos accesorios, por eso me gusta vivir cada día intensamente, como si mi piel se me fuera a agotar mañana, me gusta mi cuerpo, no lo quiero cambiar por el de nadie más, me gusto toda yo, y mi mayor ambición en este momento es que me siga gustando cuando a otros ya no les resulte atractiva, que goce de la misma aceptación plena que disfruto en este momento. No quiero ser una mujer vieja y arrugada corriendo detrás del cirujano plástico para que me devuelva lo que ya nunca tendré, lo que no me supe gastar bien cuando lo tenía. Quiero izar mis arrugas como el trofeo de una vida que ha valido la pena ser vivida, que me ha permitido ser combinación exacta de extremos místicos y mundanos, y como testimonio de que me he gastado hasta el último de los placeres de la carne y del alma, usando de la mejor manera uno a uno los días, los meses y los años de juventud, esa fuente que se nos escapa como agua entre los dedos.



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