ENTRE LA VIDA Y LA MUERTE.


En nuestra primera parada del crucero que hice la semana pasada nos encontramos de frente con esa débil línea que une la vida con la muerte,  pudimos constatar que la una contiene a la otra, que están más unidas de lo que quisieran estar aquellos enamorados que pactan con relaciones simbióticas y que se juran amor más allá de la muerte.

Mi hija, mi amiga Berta y yo decidimos pasar el día en una playa cercana a playa MIA en Cozumel México, tomamos un paquete que incluía todo y de esa forma relajarnos y disfrutar del mar, de la música y nuestra compañía. Pasamos un día maravilloso bebiendo los diferentes cócteles que Gabriel, el mesero que nos asignaron servía para nosotros, junto con algunos ceviches y comida de mar, nos sentíamos como princesas en el jardín del castillo siendo atendidas por un hombre de mediana edad que fantaseaba constantemente con pedirle permiso a su esposa para satisfacer nuestros mundanos deseos, para después soltar una enorme carcajada porque sabía al igual que nosotras que los meros machos mexicanos no le piden permiso a nadie.

No nos cabía la alegría en el cuerpo y estábamos en el punto de no retorno, ese en el que el licor ha recorrido una parte significativa de nuestro torrente sanguíneo y uno empieza a ver todo más hermoso; y sobre todo no parece existir lugar para la tristeza porque una alegría de enormes proporciones lo recorre a uno de pies a cabeza. Eso fue hasta que Berta divisó a un hombre que de repente cayó al piso, mi hija recordó que estaba certificada en primeros auxilios y acudió presurosa a socorrer al hombre que para entonces lucía falto de aire y con el rostro morado, mi hija decidió no tocarlo, porque tenía licor en su cuerpo, Berta trató de tranquilizarlo, pero me temo que era ya demasiado tarde, una mujer americana que también viajaba con nosotros se identificó como médica y le dio primeros auxilios por escasos minutos para levantarse y hacer una expresión de negación con su rostro. Aunque nadie lo decía en voz alta, todos allí supimos que el hombre se acababa de ir. Cuando los paramédicos llegaron estuvieron tratando de retornarlo a la vida cerca de 15 minutos hasta que lo declararon oficialmente muerto, fueron los mismos 15 minutos que yo hablé con cuanto peludo se me atravesó para pedirle que apagaran una estruendosa música bailable que nunca dejó de sonar ni siquiera porque aquel hombre estaba entre la vida y la muerte. Finalmente alguien me escuchó y lo más que conseguí fue que se le bajara el volumen, apagarla implicaba un riesgo para el negocio, porque los vivos somos así, tenemos tanto miedo de que los negocios se nos caigan que ni la muerte consigue que dejemos de pensar en nuestros intereses personales un solo segundo. Y eso fue triste…

Mi amiga Berta con Gabriel 


Ahí estaba yo en medio de una playa que minutos antes lucía como el mismo paraíso terrenal, convertida en un paraíso indeseable para mí, un lugar donde ya no quería estar más, no porque hubiera un muerto en el piso, sino porque no había mucho respeto por el momento en que una ser humano estaba trascendiendo. A mi alrededor había gente llorando, la mayoría éramos turistas que nunca conocimos al difunto y que no conocíamos su historia, otra vez se me pasó por la mente lo mismo que hace dos semanas cuando asistí a un funeral, la muerte nos sacude y nos recuerda que somos mortales, y ese es el verdadero motivo por el que lloramos, es la única oportunidad que tenemos de llorar por nuestra propia muerte. Aunque sabemos que ese es el final inexorable de todos, parece que no conseguimos negociar con la muerte, porque ninguno de sus métodos nos simpatiza.

Berta quedó visiblemente afectada y lloró durante todo el regreso al barco. Aquella noche dejamos a Cozumel con un difunto más y con una familia enlutada, mientras nosotros nos fuimos de rumba; y reconozco que a ratos pensamos que nos habíamos olvidado de aquel hombre, pero no, aparecía cada vez con más frecuencia, mientras yo me preguntaba que papel teníamos nosotros que representar en la última escena de su vida, y me consolaba a mi misma con la idea de que el hombre debió amar mucho la música y por eso murió en su ley, en medio de un ritmo de salsa que emergió de la imaginación de un compositor en la cuidad que vio nacer a mi hija y que asistió a celebrar la vida de alguien que decidió marcharse antes de conocer la vejez. No me cabe duda que por más que insistamos en dividirnos, somos uno; y el universo nos conecta de misteriosas maneras.

Así dejamos a México.

Comentarios

Alejandro Hernández ha dicho que…
Hay una luz en todas partes no hay que esperar estar en el límite del más allá para verla hay que disfrutar la vida y prepararse para la transformación que plantea la muerte.
DARÍO GÓMEZ (EL PEATÓN) ha dicho que…
Ciertamente mis ceros serán a la derecha para multiplicar exponencialmente su experiencia bloguera tan interesante, Luz Dary. Es de valientes acometer la empresa de mantener un blog con temas de índole personal, que, al tocarnos de alguna manera, se vuelven universales. Felicitaciones.

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