HUELLAS EN LA ARENA

Durante las caminatas con mi nieta de 14 meses de edad por la playa, vamos tomadas de la mano como viejas amigas que quieren dar un paseo y que tienen mucho de que hablar. Aunque hablamos lenguajes diferentes, cada una tiene la paciencia suficiente para seguir escuchando a la otra, a veces me sorprende como ella no me interrumpe para hablar y espera hasta que yo termine para empezar su retahíla de consonantes y vocales unidas desordenadamente creando su idioma personal. Yo uso mi imaginación para construir las frases que ella me está diciendo, en ese proceso he visto que tiene dos tonalidades de voz, una cuando siente ternura por algo y su voz es un susurro amoroso y dulce, y otro que es su tonalidad de voz normal, usa perfectamente la entonación de interrogación y aunque no sé lo que me está preguntando, me gusta decirle que sí, a menos que intuya que me está preguntando si puede llevarse algo a la boca que la puede lastimar.

Durante estas caminatas por la playa ella se cae muchas veces, y sin importar las veces que se caiga o que ella camine más despacio que yo, siempre la ayudo a levantar y me adhiero a su velocidad, a veces cuando la estoy levantando miro hacia atrás y veo nuestras huellas en la arena, las mías grandes y profundas marcando el peso de mis años, las de ella suaves y diminutas marcando los años que le quedan por vivir. A veces mi imaginación me regala la visión de esas marcas en la arena invertidas, las huellas de mi nieta hecha toda una mujer y las mías convertida en una anciana. Mis huellas habrán perdido peso, mientras las de ella habrán ganado fuerza, ella me llevará de la mano y posiblemente me ayude a levantarme cuando me caiga, ella tendrá fuerza en sus piernas para caminar rapidamente y yo apenas si podré con el peso de mi cuerpo, ella posiblemente no tendrá la paciencia que yo tengo ahora para ayudarla a levantar y para caminar a su paso, todo eso tiene que estar contemplado en mi panorama, porque cuando puedo ver ese cuadro completo, sabré que el tiempo y la paciencia que invierto en este momento en enseñarle a caminar por la playa, a caerse y a levantarse, debe ser producto del amor incondicional que todos venimos a ejercitar aunque sea una vez en la vida.

Vivimos tan de prisa a veces, que no nos percatamos que la paciencia bien podría ser una inversión en el futuro, a veces vivimos el tiempo suficiente para intercambiar de roles con la gente y nunca sabremos cuando estamos sembrando y cuando recogeremos nuestros frutos, o si habrán frutos. Posiblemente cuando camino con mi nieta no le esté enseñando tanto a caminar, como a ser paciente con los procesos de los demás.

Este video que les anexo, me recuerda que los ciclos de la vida se repiten aunque la memoria nos juegue una mala pasada y olvidemos que alguna vez también estuvimos ahí.


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