MATRIARCADO

A mi padre con faldas (mi madre) y a todos los padres que saben llevar una falda bien puesta sin perder la autoridad.
    
Mi hija fue educada en un matriarcado, no era lo planeado, pero han sido las circunstancias en que me ha puesto la vida y yo he fluido con ellas. Como una mayoría de  mujeres yo me casé pensando que era para toda la vida, aún sabiendo que mi matrimonio había nacido muerto, pues la noche de bodas sorprendí a mi esposo arrinconando a una de mis mejores amigas en la fiesta y a ella permitiéndolo, en épocas en que aún creía en la exclusividad sexual, la gráfica y las emociones que me recorrieron las dejo a la imaginación del lector. No obstante le aposté a la filosofía popular (en la que creía poco) que el matrimonio es para toda la vida, y permanecí casada por siete años, mi hija que tuvo dificultades para obtener esa figura paterna, por razones que no mencionaré para no mancillar el día del padre, se vio de repente sin esa débil figura que funcionaba para ella como una vela que amenazaba con apagarse en cualquier momento y que ella avivaba usando toda la ternura que siempre la ha caracterizado, sin éxito alguno.

Estuve sola durante casi diez años, pero durante ese tiempo le permití a un hombre importante en mi vida, mas no mi pareja,  ser esa figura paterna que mi hija reclamaba con la misma sed de un sediento en el desierto, fue su elección hacerlo porque a ella le simpatizaba él, porque él era detallista con ella, la escuchaba y la sacaba de paseo. Pero este hombre también desapareció mágicamente de nuestras vidas, sin medir las consecuencias de los lazos que había creado con mi hija; y de nuevo ella se vio en el mundo a merced de  esa figura paterna fantasma. Hasta que llegó mi segundo esposo, y quien pensamos sería finalmente esa figura que venía a posesionarse en su vida hasta que la muerte nos separara, pero éste también se marchó, dejando no sólo el vacío de la figura paterna en mi hija, sino de la figura del abuelo para mi nieta, quien para entonces sentía  física adoración por ese abuelo.

Reflexiono en este momento en aquellos diez años que me negué a estar en pareja con alguien, porque mi hija estaba en etapa de crecimiento y no quería tener un hombre conviviendo en la misma casa de mi hija por temor a un abuso sexual o algún tipo de abuso físico y emocional; y como jamás pensé que no podría protegerla de la sensación de abandono con que creció y que de todas maneras la iba a exponer a otro tipo de dolor. Cambiarle de figuras masculinas (para no llamarle paternas) es doloroso para los hijos, nada puede evitar que ellos vivan eso como episodios de abandono, de alguna manera lo es para las madres, aún siendo adultas, para los hijos son circunstancias muy graves y delicadas que los desestabilizan. Tengo la sensación que los hombres piensan poco en este apartado de relacionarse con mujeres que tienen hijos, el amor masculino es más visceral y por ende se mueve instintivamente, el de las mujeres es un amor más reposado, con necesidades emocionales más grandes que buscan no sólo protegerse a si mismas sino a sus hijos y a su familia.

Mi madre, mi hija y yo


Hoy que reflexiono sobre el patriarcado pienso que los hombres tienen una singular y abstracta manera de relacionarse con los hijos que no termino de comprender, los que no abandonan a sus hijos, se relacionan en contextos tan misteriosos con ellos, impulsados por la culpabilidad a veces o por el temor a que sus hijos creen dependencia de ellos. Cuando una mujer me dice que la única razón por la que no se separa es por sus hijos, me cuesta creerle que es por eso y no porque le resulta mas cómodo estar en un mal matrimonio que asumir un matriarcado con todas las de la ley. El matriarcado no es la negación de la figura masculina en nuestras vidas, ni el rechazo de la pareja, es nuestra capacidad de sobrevivir sin la protección que se supone que aporta el hombre en la familia. Las matriarcas aprendemos a relacionarnos mejor con nuestro aspecto masculino y abrazarlo si se quiere, algunas dejan por fuera de su vida  a los hombres, otras como yo, asumimos el compañerismo masculino ya no como esa “mitad” que nos enseñaron que ellos eran, sino como la maravillosa oportunidad de crecer al lado de otro ser humano, sin importar si será por el resto de la vida o por unos instantes.

A todas las matriarcas escribo hoy en el día del padre, porque han sabido ser padres y madres al mismo tiempo, porque a pesar de cumplir dos roles al mismo tiempo conservan la magia de su feminidad y abren sus vidas y sus cuerpos para recibir esa energía masculina de afuera también.

Comentarios

Alejandro Hernández ha dicho que…
Un brindís por eso...

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