DE LA JUSTICIA HUMANA.


Mi artículo sobre la fortaleza del sexo débil, generó controversia por el ejemplo que usé para apoyar mi teoría de que las mujeres ya no necesitamos más feministas para que nos defiendan. Sostuve un interesante dialogo con  uno de mis lectores que no estuvo de acuerdo con el manejo que le di al artículo, lo cual me permitió reflexionar sobre la perspectiva del escritor y la justicia.

Estoy consciente que todo lo que escribo no es comprendido por todo el que me lee, ni es algo que espero, sobre todo porque exhibo las historias desde mi visión en particular, como el pintor cuando muestra una escena desde la perspectiva de su ojo artístico, lo mismo me sucede a mi con las vivencias de la gente. Cuando me comparten sus historias, les pregunto si las puedo escribir, pero no las escribo como muchos esperan, sino desde mi perspectiva, y pienso que el autor tanto como el pintor merece que por lo menos se le respete esa perspectiva.

Leemos, percibimos y opinamos desde nuestro sistema de creencias, pero eso no quiere decir que tanto lo que leemos como nuestra interpretación sea la verdad, solo es una posición desde donde pretendemos divisar las cosas. Evoco a Gabriel García Márquez en su libro “Crónica de un secuestro” cuando cita las familias adineradas que cuidaban a Diana Turbay y a los secuestrados que mantuvieron al país en vilo durante su cautiverio; y que los mantenían como unos invitados más de la casa, a la luz de la sociedad, haciendo de ésta manera cómplices tácitos a quienes frecuentaban aquellas casas y que por temor nunca llamaron a reportar donde estaba Diana. Para muchos de los que leímos aquel libro, esa fue primera noticia, como lo supo el autor es irrelevante, obviamente por tradición oral, no porque haya estado allí presente y se haya vuelto cómplice de ese evento, es lo mismo que me pasa con mis historias, yo las escucho y las escribo, mi función no es comprometerme emocionalmente con todas las historias y resolverlas o hacer justicia con cada una de ellas, porque entonces no sería escritora sino detective.

satisfacer la necesidad de justicia de la gente es algo en lo que ni siquiera los estamentos competentes para hacer justicia han tenido éxito, el incremento de la violencia en el mundo y la insatisfacción social que vivimos actualmente son los resultados de un sistema de justicia enfermo y disfuncional que ha probado métodos que son ineficientes. Que nos hayamos conformado con ese sistema y que estemos resignados con ello no significa que la justicia sea exitosa.

El sistema de justicia que tenemos actualmente satisface la sed de venganza y la necesidad de castigo que tiene el colectivo, pero no es una justicia funcional, básicamente porque no nos ha mejorado como especie, ni cambia las condiciones ni de la supuesta víctima ni las del verdugo, quizá la verdadera justicia no radique en castigar a quien nos hace daño, sino en sabernos sobreponer a las lesiones ya sea físicas o emocionales, que podamos seguir adelante a pesar de eso, y lo más importante podamos dejar seguir adelante al otro con nuestro perdón, porque perdonar no es consentir, sino comprender que la dinámica que se juega entre una víctima y un verdugo es una dinámica de aprendizaje donde ambos pactaron a nivel del alma un aprendizaje, así el método que hayan elegido se salga de nuestra comprensión.
 
 

La justicia que todos conocemos favorece a  la víctima quien recibe un alivio (placebo) cuando su verdugo es juzgado, pero que tiene que seguir conviviendo con las lesiones que le dejó el ataque, y tiene que procesarlas, porque son la materia prima para aprender, me pregunto ¿Qué papel juega en este proceso la justicia? Del verdugo podemos decir que es confinado al encierro donde él también tiene que convivir con lo que hizo, sólo que el mecanismo de justicia en este caso no contribuye a reeducar al individuo ni a responsabilizarse de sus actos para aprender algo de ellos, sino que contribuye a que su agresividad se incremente. Esto no es un secreto para nadie, pero hemos aceptado convenientemente que así sea. Quizá encerrar a los “malos” sólo sea algo conveniente para seguir alimentando nuestra dualidad, porque el ego sobrevive felizmente en un mundo de buenos y malos, donde todos se creen buenos.

Tanto en el castigo como en la venganza se ha personalizado la agresión, el agresor ofendió mi yo, mi ego, cuando lo que en realidad hizo fue detonar un proceso de despersonalización para que busquemos el lugar dentro de nosotros donde nos hemos hecho el mismo daño que hemos proyectado en el exterior. Y es muy curioso que los seguidores del secreto y de todas esas filosofías de la nueva era que dicen que lo que pensamos es lo que obtenemos creen que eso sólo es posible cuando se trata de abundancia, de materializar casas, autos, yates y sueldos jugosos, pero no han comprendido que tanto la abundancia como la escasez, la violencia como la paz primero las hemos creado dentro de nosotros y luego las manifestamos en nuestro entorno físico. La agresión que otro nos propina es la respuesta a una  agresión que me he venido propinando a mi mismo, entregarle un culpable  a la justicia me garantiza que no podré detectar el daño que me estoy haciendo a mi mismo, porque mientras exista alguien (que no sea yo) que asuma la responsabilidad por mi dolor y que sea castigado por ello, no necesitare hallar mi propio verdugo interior.

Desde esta premisa las luchas y toda esa rebeldía con el sistema  que buscan el equilibrio y la justicia, solo están desequilibrando el orden perfecto de un universo que muy a pesar nuestro sigue su ritmo, quizá nos convenga sintonizarlos mas con el ritmo del universo y cooperar incondicionalmente con  lo inevitable, para lo cual tendremos que empezar por cambiar nuestras creencias.

Según una reciente investigación el 78% de la población invierte más de 8 horas en luchar contra el miedo y la preocupación, eso sólo es la prueba de que nuestras creencias no son exitosas, y que nuestro tiempo de descanso se está reduciendo porque en esas estadísticas no está contemplado el tiempo que invertimos en defender las mismas creencias con las que nos hemos identificado pensando que son las correctas, sólo porque alguien más nos trasmitió esas creencias, no porque las hayamos sometido al laboratorio de nuestra práctica y podamos discernir que tan funcionales son.
 
 

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