UN FINAL INUSUAL.


Hace 28 años cuando Rebeca estaba en sus 40 encontró un hombre maravilloso que le brindaba la paz de los sentidos que su vida estaba reclamando a gritos después de dos matrimonios fallidos, la comunicación era estupenda, se comprendían, tenían metas en común y lo más importante compartían el mismo objetivo de hacer pareja, ella sabía que su nuevo amor tenía un hijo mayor de edad del que hablaba poco y que ella supuso que no tenían una buena relación por lo que no hizo muchas preguntas sobre él. Una  noche llegó el hijo de su compañero pidiendo quedarse a vivir con ellos mientras se organizaba y se adaptaba de nuevo a la vida social, pues acababa de salir de prisión. A Rebeca le faltó el aire cuando miró el rostro del chico quien “causualmente” era el mismo que años atrás había asesinado a su único hijo.

La historia de Rebeca aparentemente trágica me capturó más cuando escuché los antecedentes de su vida, porque contiene un aprendizaje de talla mayor y porque resuena con mi alma y con lo que ella reclama cada día. Durante su adolescencia ella fue muy dispersa y enamoradiza, se embarazó tres veces por accidente y las tres veces se deshizo del bebé porque no quería intrusos en ese momento en especial de su vida, cuando se estaba gastando todo su arsenal hormonal. Eso fue hasta que llegó un hombre que la “enderezó” o al menos eso pensó su familia, pues esa fue la expresión que usaron cuando ella anunció que se casaría. De esa unión nació Franco un precioso hijo al que ella se entregó con adoración. Durante la secundaria su hijo fue asesinado en una de esas circunstancias adversas y absurdas  que suelen ser usuales entre algunos adolescentes; y Rebeca quedó destrozada. Tanto ella como el padre de Franco no pudieron superar la situación y el matrimonio se terminó.

En ese momento le cambió la vida radicalmente a Rebeca quien lidiaba con fuertes sentimientos de culpa por lo que le había pasado a su hijo pensando que había sido castigada por Dios, ese ser del que todos hablaban y en el que ella se negaba a creer, pero que ahora le resultaba familiar por su mano dura para con ella arrebatándole su hijo en castigo por los tres que ella se había negado a recibir, le pareció que Dios era un ser voluntarioso que obligaba a las mujeres a parir hijos cuando él quisiera, no cuando estuvieran listas para asumir la maternidad. A Rebeca no le cabía duda de que esa era la dinámica que se estaba moviendo en esta situación por lo que se convirtió a una religión donde el fanatismo estuviera más exaltado para asegurarse un contacto más directo con Dios y de esa manera ganarse su perdón y rogar por el sí de Dios para que le diera un nuevo hijo que le ayudara a mitigar su soledad y sobre todo su culpabilidad. Conoció a un hombre de aquella religión con quien se casó y con quien intentó sin éxito alguno, embarazarse de nuevo, algo que su nueva pareja no le perdonó, básicamente porque para ambos eso sólo significaba que Dios no la había perdonado. Esta vez Rebeca fue abandonada por su esposo a los dos años de casados por incompetente para darle hijos pero sobre todo por seguir siendo una pecadora.

Desde entonces se dio a otras búsquedas y desistió de pedirle perdón a un ser tan inclemente que no se decidía a perdonarla, así se involucró con varias corrientes espirituales y con varias disciplinas de meditación para conseguir algo de la paz que había perdido el día que su hijo se había marchado. Así fue como conoció a Jason el hombre con quien se había casado por tercera vez y que resultó ser el padre del chico que había asesinado a su hijo y quien solo había pagado nueve años de cárcel por el asesinato, lo cual empeoraba sus sentimientos al respecto, si al menos hubiera sido condenado a unos 25 años de prisión todo sería tan distinto! Al menos eso pensaba ella.



Después de seis meses fuera de la casa donde convivía con Jason, Rebeca sufrió una transformación milagrosa, ella asegura que pudo comprender la razón de ser de la nueva situación en la que ella pensaba que la estaba poniendo la vida. Obtuvo el regalo de ver el cuadro casi completo, la presencia del asesino de su hijo en su nueva familia, era la respuesta a la súplica de perdón por el que ella había estado esperando, era la oportunidad que le estaba brindando la vida para ejercitar el perdón, tanto por ella misma como por los demás. Con una serenidad contagiosa me confesó que la falta de perdón había sido su mayor limitación en esta vida y que había estado esperando que Dios se lo concediera, pero que había comprendido que no era “Él” quien tenía que otorgárselo, era ella misma quien tenía que perdonarse. “El compromiso que adquirimos antes de nacer es tan fuerte que incluye desordenar toda nuestra vida sólo para tener que organizarla de nuevo, yo me encargué de hacer cosas que según mis creencias de entonces eran imperdonables, como abortar tres bebés sólo para tener que perdonarme a mi misma, y mi hijo Franco se marchó a manos de una persona que luego entró en mi familia para ponerle más  dificultad a esa limitación. Hay seres que nos aman tanto como para venir al mundo solamente para apoyarnos en el área de mayor dificultad para nuestra evolución y después marcharse” me dijo.

Rebeca me cuenta que adquirió la suficiente distancia de sus sentimientos para poder ver la situación desde afuera y que fue muy liberador cuando la pudo ver así, ahora Christian, el asesino de su hijo, cuida de ella, Rebeca regreso a su casa y convivió con su esposo y con su hijo espiritual como ella se refiere a Christian, porque le fue enviado para que superara la limitación más grande que tenía. Rebeca enviudó hace cinco años, vive sola pero  Christian está al pendiente de ella como si fuera su propia madre.

He tenido la fortuna de ser bendecida por la presencia de Rebeca en mi vida que puede dar testimonio de primera mano del poder tan liberador del perdón y del amor incondicional, una mujer que ha desaprendido todo sentimiento de posesión por los seres que ama, que sabe apreciar el amor de un hermano disfrazado de adversario y quien asumió el reto de quitarle un hijo para que superara una limitación, se necesita mucho fuego interior para aprender a ver las cosas de esa manera y para amar de esa forma.




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