LOS HIJOS DE YALÍ.

Cada vez que decía el nombre de la población que me vio nacer, lo que recibía era el ceño fruncido de mi interlocutor, preguntándome ¿Yalí? ¿Y eso donde queda?, parecía que mi pueblo fuera un punto en el mapa antioqueño al que una gran mayoría no tenía acceso, por eso una de las veces en que me presenté en un encuentro de poesía, decidí jugar con la ubicación geográfica de Yalí y mencioné que quedaba en España, nunca se aclaró el malentendido y seguramente hoy como diez años después debe figurar en las actas una Luz Dary Jiménez nacida en un Yalí que no existe en España.

Por eso encontrarme con una serie de páginas que no sólo honran sino que exaltan el lugar donde vi la luz por primera vez me produce tanta alegría, es ratificar que Yalí no sólo vive de la mejor manera en mi memoria, sino que además de ser un sitio en un mapa, ahora cuenta con varios sitios en la red cibernética y que tener acceso a él, será de alguna manera más fácil.

En Yalí pasé gran parte de mi buena niñez, solíamos pasar la navidad y el año nuevo allá, en la casa de mi tío Rodrigo (ya fallecido) y su esposa Carlina. Mis tías nos llenaban de regalos y disfrutábamos de un ambiente saludable, amoroso y sobre todo en un ambiente familiar que nunca después hemos conseguido rescatar, porque cada uno se ha dispersado por diferentes partes tanto de Colombia como del mundo y reunirnos de nuevo ha sido imposible. Nunca olvidaré los helados de coco que vendía Carlina en la plaza del pueblo,  ni a María Acevedo, ni a  "El mister". Todos ellos personajes que se quedaron a vivir en mis recuerdos.

La abundancia de la comida en la casa de Carlina me hacía pensar que la comida no había que comprarla, sino que simplemente crecía en los jardines de su casa, nunca escuché una sola queja de Carlina porque comiéramos de más, o porque la comida no alcanzara, al contrario ella siempre parecía deleitada alimentando a ese batallón de sobrinos políticos y a sus propios hijos. La generosidad de Carlina no tenía limites, no sólo nos alimentaba a manos llenas a nosotros sino a cuanto forastero aparecía en su puerta pidiendo; y a un montón de gente que aparecía por su casa con el traje de amigo.

Araminta y su hija Claudia


Carlina marcó para siempre nuestras vidas con esa generosidad y esa bondad sin límites de la que siempre ha sido dueña, quizás ella nunca sepa de qué manera impactó las vidas de una generación de Jiménez que crecimos recibiendo todo su amor, su buen ejemplo y ese derroche de felicidad que nos ayudó a conquistar. Fue uno de los personajes más nutritivos no sólo de aquellas épocas sino de mi vida, es difícil borrar de mi recuerdo todo lo que me quedó de ella, tampoco es algo que quiera hacer.

Quizá Carlina era nuestro ángel de la guarda, y nunca lo pudimos reconocer en aquel entonces.

Toda la generación de primos: los Jiménez (los hijos de Alberto, Rodrigo y mi padre) los Ruiz (los hijos de la tía Esperanza y Ángel Ruiz) y los Toro (los hijos de la tía Elcira y Antonio Toro), conviven conmigo en el mismo lugar donde sigue vigente mi niñez, fueron los hermanos que nunca tuve con quienes al menos una vez al año disfrutaba intensamente.

Mis tías Gilma, Elcira y Esperanza, fueron puente fundamental que sostuvo el lazo familiar a toda costa y se erigieron como matriarcas cuando los hombres de la familia estuvieron ausentes por diferentes razones.

Mi padrino fue León Peláez, de quien no alcancé a disfrutar mucho de su presencia porque la adversidad lo arrancó de nuestro escenario, los pocos recuerdos que tengo de él, están relacionados con un hombre muy protector que estuvo no solo  presente en mi vida, sino que mantuvo su rol de padrino vigente.

Araminta la telefonista era la única persona a quien mi madre visitaba, fue de las pocas amigas que ella tuvo, y era para mi una especie de pitonisa que conseguía que uno hablara a través de un cable con personas que estaban lejos, su figura imponente y determinada jamás me pronosticó que alguna día conocería a su hija Claudia y seríamos grandes amigas, que compartiríamos nuestras risas y también nuestro llanto.

Son muchos los personajes y los recuerdos que se quedan por fuera de esta historia porque no llegan a mi memoria de inmediato, pero no por eso, son menos importantes, mi prima Zoe, es quien ha tenido una memoria fotográfica que seguramente me ayudará a rescatar historias y a revivir fantasmas para compartirlos con nuestros compatriotas.

Es por esto que este vínculo cibernético no sólo es importante para mí en el ámbito social, sino también en el ámbito sicoafectivo, uno revive su niñez tocando un trozo del sitio donde uno empezó este largo viaje llamado vida, algo desconocido se despierta en uno cuando retornamos al punto de partida.

Mil gracias a los creadores de estos sitios donde podemos intercambiarnos información y ver desde la pantalla la tierra que también llevamos pegada a nuestra piel.

Carlina es la primera de derecha a izquierda

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