UNA GENERACIÓN QUE SE ACABA.

(para Diego y su corazón de fuego )


Epifania la última de la generación de los Monsalve que me antecedió está esperando porque la muerte la recoja, es la hermana de mi madre, la última que queda viva. Mis raíces quedan ahora reducidas a tumbas, a fotos, que no son muchas, a documentos que tampoco son muchos y a una casona que a mi se me antoja enorme con un trozo de tierra en donde ya nadie quiere vivir.

En aquella casa pasaba parte de mis vacaciones y la tía Epifania vivió casi toda su vida allá, era modista y recuerdo que tenía un escaparate mitológico que era el blanco de la curiosidad de todos los sobrinos, una suerte de monumento, que nos hacía fantasear con que contenía toda suerte de objetos valiosos y es posible que los hubiera, aunque de eso sólo nos tocaran algunos pandequesos tiesos y viejos que ella extraía minuciosamente y con la puerta casi cerrada, para darnos de vez en cuando.

La tía epifania cocinó con leña aún en la época en que los vecinos ya usaban la electricidad para cocinar, y solía apresurar a las gallinas para que pusieran sus huevos so pena de sacarlos ella misma, lo cual hacía con una destreza asombrosa. No fue muy afectuosa con sus sobrinos excepto con el primo Guillermo por quien sentía una adoración sobrenatural, el resto de sus sobrinos nunca conocimos un sólo abrazo o expresión de afecto de ella.

Era tan autosuficiente que llegué a pensar que no necesitaba amor de nadie, aun siendo vieja cuando una vez la visitamos mi madre y yo, lucía como una mujer de armas tomar, quizá por eso ningún hombre se aventuóo con ella, aunque estoy segura que fue ella quien nunca se quiso aventurar con ningún hombre.

De aquel roble que reside en mi memoria queda un ser humano vulnerable, solitario, que tuvo la fortuna de que uno de sus sobrinos y su esposa la cuidaran los últimos años de su vida. El cuidado de la tía ha sido motivo de muchas discordias familiares que sirvieron curiosamente en algún momento para unirme con algunos de los miembros de la familia, tengo que abonar que en medio de todas esas discordias y de que no he estado de acuerdo con algunas decisiones familiares acerca de su cuidado, la familia de mi primo Fernando ha sido lo mejor que le ha pasado a la tía Epifania en toda su vida. Ella seguramente pensó que su sobrino favorito cuidaría de ella en la vejez, lo cual me hace pensar en las fichas a las que uno le puesta en la vida y en como no siempre son las fichas ganadoras. Esta experiencia con mi tía, me hace mirar para todos lados y pensar que cualquiera que se atraviesa en este momento por mi vida podría ser mi cuidador cuando yo sea vieja, lo cual me ha permitido más bondad y generosidad en el trato con las personas. También me hace pensar en todos los planes que hacemos para la vejez y en como tratamos de tener bajo control ese momento, pero como nuestra alma saca los planos al final y desarrolla su plan aun en contra de nuestra voluntad.

Cuando mi primo Diego me dice que la tía le pide a su madre que no la deje sola, mis ojos se llenan de lágrimas, no puedo imaginarme a aquella mujer fuerte pidiendo compañía. Me alegra saber que el umbral de la muerte ha descongelado un corazón que creí de hielo, me alegra ver las fotos de mis primos y notar que al final de su vida ella encontró en sus cuidadores una familia; y que le permitieron estrenar su vulnerabilidad. Me alegra saber que su plan cósmico se está llevando a cabo, que de una u otra forma nos está dejando algo; y que a pesar de que no la he visto en 10 años, en la distancia sigue impactando mi vida.

Pienso en aquella casona cargada de recuerdos, de fantasmas que nos abrieron paso a las nuevas generaciones, pienso en que al igual que el cuerpo físico de la primera generación de Monsalves de la que tuve noticia, se ha consumido en el fuego de la experiencia, de la misma manera se está consumiendo aquella estructura física llamada casa. En la época actual ya no hay estructura física familiar que albergue a la gente, ese nicho donde uno sabía que si todo salia mal allí podíamos llegar, celebro que yo haya tenido acceso a ese sitio que uno sabía que era también su casa, en épocas donde la individualidad y la independencia no había adoptado la forma de egoísmo, en donde la casa de los papitos (abuelos en antioqueño) era también la casa de todos.
Epifania Monsalve noventa y tantos años

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