A VECES LA NAVIDAD DE LOS POBRES ES LA MÁS RICA

El mes de diciembre y la navidad siempre han tenido el aroma de mi madre, a ella este mes la hacía sentir viva, ponía una pasión impresionante sobre cada cosa que ponía en la casa, su árbol de navidad, su pesebre y cada año tenía que incluir algo nuevo para decorar su casa, mi hija y yo nos contagiábamos de esa pasión y hemos heredado el mismo amor desbordante por la navidad, por eso este mes la recordamos más que el resto del año.

Mi madre y yo tuvimos que empezar de cero más de una vez, una de esas veces nos refugiamos en casa de unos parientes menos pobres que nosotras; que compartieron lo poco que tenían con nosotras, las dos nos acomodamos en una habitación con otra tía y su hija que compartían la misma suerte que nosotras, mi madre y yo teníamos que dormir en la misma cama. Vivíamos tres familias en una casa de dos habitaciones. El dueño de casa castigaba a su esposa con la lámina de un machete, a lo que le decían “dar plan” por razones que sólo ellos dos conocían. Mi madre y yo escuchábamos los gritos encerradas en la habitación, esperando que en algún momento tuviéramos que recoger el cadáver de la mujer, algo que por suerte nunca pasó. Con el tiempo nos acostumbramos a los castigos y pasaron a formar parte de la rutina familiar. Los fines de semana la casa se llenaba de amigos del dueño de casa que empezaban a beber licor desde el sábado a eso de las 4:00 PM y la celebración terminaba el domingo aproximadamente a la misma hora. Eran las 24 horas más difíciles para mí en especial, amante del silencio, que crecí en áreas rurales donde la única música que escuchaba era la que la naturaleza orquestaba para mí. Nunca comprendí porque a eso le llamaban diversión y porque no dormir toda una noche resultaba divertido, aún ahora sigo sin comprenderlo.

Diagonal a la casa había una tienda, el propietario salía en las mañanas a la plaza de mercado y se aprovisionaba de mercado que luego revendía en pequeñas porciones a todo el vecindario, recuerdo que la sal, el aceite, el azúcar e incluso el arroz y otros granos eran vendidos en bolsas pequeñas en porciones individuales. Los que vivíamos por allí no lográbamos tener con que comprar un mercado para la semana, vivíamos al día, los hombres salían al rebusque y regresaban en las noches con los pocos pesos para la comida del día siguiente, dejando eso si un ahorro para el aguardiente del fin de semana.

No estuvimos mucho tiempo en aquel sitio, pero si lo suficiente para pasar la navidad allí, y aún en aquellas circunstancias mi madre conquistó el sí de la vida para que la navidad fuera bella para mí y para los que la rodeaban. Mi innata capacidad para ver el dorso de algo que brilla me permitió ver que en las zonas más deprimidas de Colombia la gente se las ingenia para ser feliz.

Mi madre durante su última navidad en este plano.


Como la calle no estaba pavimentada, para pintarla como es usual en algunos barrios de Cali, el vecindario trajo piedras grandes que todos lavamos y que luego pintamos con figuras de navidad, atravesamos de lado a lado cadenetas de papel plástico rojo y verde a lo largo de la cuadra, y no falto el más pudiente que construyera algún papa Noel y que lo compartiera con los demás ubicándolo en la mitad de la calle. Hicimos el año viejo, un muñeco de trapo con figura de viejo que conseguía mejores expresiones que el mejor maniquí de la ciudad, le pusimos un nombre, que ya olvidé cual fue, y lo sentábamos cada día en la puerta de una casa distinta, alguien se hacía cargo de pedir dinero a los transeúntes para  comprar la pólvora y llenarlo para hacer la quema el 31 de diciembre. Ese año estuvimos tan ocupados en la navidad, eran tiempos en que no teníamos televisión, ni Internet, pero en cambio diseñamos el año viejo, construimos sonajeros con tapas de gaseosas machacadas con piedras y sujetadas con un alambre que emitían un sonido tan especial y característico de la navidad que ninguna pandereta o maraca moderna ha podido igualar, hicimos los horarios de las novenas y pasábamos el día ingeniándonos como conseguir los dulces para que los adultos nos repartieran después de la novena. Una cosa si teníamos en abundancia, equipos de sonidos potentes que es lo tradicional en los barrios pobres de la ciudad de Cali. Caleño que se respete tiene que tener su buen equipo de sonido. Y como fui de feliz esa navidad, tenía lo más importante que puede tener uno cuando es pequeño, la sonrisa de mi madre brillando en todas las esquinas de mi vida y la natilla con los buñuelos que milagrosamente siempre habían. Nunca supe como se las ingeniaron todos para que el 24 y el 31 hubiera tanta comida. Lo que si recuerdo es que hicimos el fogón de leña en la mitad de la calle, sin policía y sin normas ciudadanas que nos impidieran hacer una gran comitiva, un sancocho de gallina con aguacates del que comía todo el mundo sin reparo y que seguíamos comiendo el 25, y tamales el 31 que tenían más carne que los que compro ahora en los restaurantes. Supongo que todo eso lo hacía posible el espíritu de navidad, a mi nunca me ha quedado duda de que en navidad suelen pasar cosas maravillosas e insospechadas.

Ese 31 fue la primera vez que presencié como quemaron al año viejo con todas mis penurias incluidas, dejé ir con el año viejo los sinsabores de las 24 horas más amargas de mi semana, y decreté que ya había pasado esa prueba y que estaba lista para vivir otras experiencias, y así fue, así siempre es, cuando conseguimos vivir una experiencia sin resistencia alguna y sin sucumbir  a la tentación de culpar a los demás, descubriendo el mensaje oculto que tiene para nosotros, entonces estamos listos para algo más.








Comentarios

XeRvAnTeX ha dicho que…
Hay que ver la navidad con los ojos de una madre para saber de verdad lo que significa.
Anónimo ha dicho que…
Que bello esto, yo también lo vivía en el pueblo que habite hasta mis diez años, era muy divertido sobre todo hacer sonajeros con tapas de gaseosas, recuerdo los colores de las gaseosas lux y la Kolcana, vaya que eran tiempos hermosos.....
Un abrazo, el fotgrafo

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