LA MUJER DE AUTORIDAD

Durante mi niñez no teníamos nevera y mi madre compraba el mercado semanalmente, recuerdo que la carne la vendían envuelta en una gruesa capa de una sal que nunca más he vuelto a ver, y mi madre la colgaba en un gancho de madera que tenía en la cocina de donde simplemente cortábamos la porción diaria para freír y comer. Nuestra dieta hubiera escandalizado a los médicos de hoy en día. Los gatos nos visitaban en las noches solo por interés de nuestra carne, y creo que ese era el motivo por el que no tenía un gato de mascota. Era visto con naturalidad dejarle trampas a los gatos para que no accedieran los alimentos, y mi opinión al respecto era algo que a nadie le importaba.

Una mujer que había quedado a cargo de cuidarme, indignada por el robo continuado de carne en la cocina, me despertó en una noche fría y solitaria para pedirme que matara un gato que se había entrado en la casa, ella había conseguido dejarlo en el piso tras golpearlo, pero el gato seguía vivo y ella quería que yo lo terminara de matar. Observé al gato sangrando por su hocico y con los ojos marchitos puestos sobre mi como suplicándome por su vida. Yo tendría unos diez años de edad. Le dije que no quería hacerlo, pero ella con el poder que le otorgaba ser mi figura de autoridad por estar a mi mando me lo exigió, en pocos minutos el pedido de ayuda se había convertido en una orden. En mis disertaciones de defensa estaba incluida la indiferencia que me generaba la carne que nos robaba el gato, pero ella rebatió muy bien mi argumento cuando dijo que el gato estaba agonizando y que le haría un favor si terminaba de matarlo para que no sufriera. Casi le digo que lo hiciera ella, pero comprendí que la vida de ese gato estaba en mis manos porque en las de ella terminaría muerto. Entonces recordé aquello de las siete vidas de los gatos (algo que para mi en aquel entonces era una verdad absoluta) entonces brilló una luz de esperanza para mí, quizá el gato sólo perdería su primera vida y le quedarían seis más. Le dije que lo haría (matarlo) pero fuera de la casa y que de paso lo lanzaría al río. Eran las tres de la madrugada aproximadamente, el frío de Gómez Plata a esa hora penetraba hasta mis huesos; y la niña en mí de ese entonces desafíó el miedo de la noche por salvar la vida de un gato, no era el único miedo que estaba desafiando, una sensación espantosa de culpabilidad pesaba en todo mi cuerpo. Llevé el gato en un costal con la cabeza afuera para que no se ahogara a unas cuatro cuadras de mi casa y lloré junto a él cerca de media hora antes de dejarlo en el lugar que supuse estaría a salvo, le pedí perdón por no poder hacer más por él, y por no haberme despertado a tiempo para impedir que la mujer de autoridad lo golpeara de esa forma.

Me unté las manos con su sangre y regresé a casa para exhibir la prueba de que había obedecido su orden. Al día siguiente regresé al sitio a buscarlo con el valor que le otorga a uno la luz del día, pero ya no estaba.

Fueron meses en que me despertaba en la noche con pesadillas y vómitos. Cada vez que pasaba por el pasillo donde estaba el gato cuando ella me había despertado para darme aquella orden, lo veía claramente como una alucinación que no prometía abandonarme nunca. Siempre que veía un gato cerca de mi casa me sentía con la responsabilidad de alejarlo antes de que la mujer de autoridad me obligara a matarlo. Lo único positivo que obtuve de ese episodio, fue retirarle la autoridad moral a aquella mujer con la que ella me obligaba a ir a las dos misas diarias con ella, digamos que en adelante adquirí una cierta independencia religiosa muy liberadora.

Creo que de aquella época data mi amor enfermizo por los gatos, y mi compromiso por cuidarlos por el resto de mis días. Esta historia me persigue en estos días porque sigo buscando una casa para mis tres gatos, aún no la encuentro, y estoy en conteo regresivo, es una época en que mis fantasmas gatunos han despertado y están llamando a mi puerta, pienso en aquel gato y en sus seis vidas restantes y siempre que él aparece en mi mente, la niña de diez años dentro de mi llora de nuevo, y porque no decirlo, la mujer que soy ahora también.

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