EL LOCO.

Todos dicen que está loco, viste un pequeño pantalón de baño que cubre solo sus genitales, corre como un niño y hace yoga en la arena. Cuando se sumerge en el mar grita con la misma emoción que lo hacen los niños, está cerca de los noventa y uno lo cree solo porque su piel muestra las huellas del tiempo que lo han atravesado, su estado físico nunca lo delataría, ni su forma de caminar, tampoco la flexibilidad que exhibe cuando con plena dedicación construye un perfecto asana* con su cuerpo, menos aún cuando trota por la orilla del mar. Cuando eso pasa y uno lo observa en la distancia es fácil confundirlo con un joven y esbelto atleta.

Todos en la playa lo ignoran, pese a que es parte del inventario diario de la misma, a mi me atrae majestuosamente su vida, la manera como el vive su vejez, y la inocencia que transpira por todos los poros, por eso sé que se llama Romeo, que habla tres idiomas, que vive en un apartamento en uno de los edificios de la playa, y que está retirado. También sé de él que se sigue viviendo la vida intensamente, porque vive un eterno presente que no permite que le robe ni el pasado ni el futuro. Que la soledad no es su más cruel castigo sino su más fiel compañera, sabe enfrentarse con éxito a la frustración, y no juzga a quienes piensan que es un limosnero que se aventura por la playa esperando que le den una moneda. “la gente siempre pensará que vivir intensamente es un síntoma de locura” dice. Lo que muchos ignoran es que la locura es vivir la vida del colectivo, temerosos del futuro escondiéndonos del pasado o reviviéndolo cada instante, sufriendo por lo que no podemos cambiar, e ignorando las ganancias con las que contamos, persiguiendo el control de algo o de alguien para asegurarnos el poder que nunca conseguimos alcanzar, mientras no conquistemos el poder interior.

Cuando me dejo atrapar por la idea de que la vida no me sonríe, me basta con llegar a la playa, tender mi silla, sentarme en ella, y observar a Romeo, con esa felicidad eterna que no promete consumirse con nada, escuchar sus gritos mientras las olas juegan con él, sentir como se compacta con la naturaleza, verlo invadido de actividad en el mismo lugar de siempre, tan ocupado consigo mismo, lleno de planes y de compromisos consigo mismo, y poseedor de esa sabiduría que le permite saber cuando acercarse a ti y cuando simplemente ser el elemento motivador o perturbador de la playa.

*posiciones de yoga.


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