LA CÁRCEL DEL HASTÍO

Cuando supe que Cindy se había liberado del cuerpo en el que no quería vivir más, me alegré, en contra del desconcierto de las personas que me anunciaron su muerte. Y es que hay tanto mito con la muerte, y está considerada tanto un castigo, o lo peor que nos puede pasar, que es considerado socialmente malévolo que uno se alegre por la muerte de alguien, o que uno hable de los defectos de los muertos, es que no hay camino mas rápido para ganarse la simpatía del público que morirse.

Me alegré de que Cindy se hubiera marchado porque eso era lo que ella mas quería, y de lo que siempre hablaba conmigo durante los cinco años que fuímos amigas. Supongo que la única persona con quien podría hablar de su muerte sin sentirse juzgada y con la misma comodidad con que me hablaba de su vida era yo, eso explicaba porque me pedía que le hiciera el manicure y el pedicure con tanta frecuencia, a veces incluso sin necesitarlo.

Ella tenía ochenta y siete años, era una inmigrante europea y esperó durante más de diez años una invitada que ella convocaba en cada una de mis visitas: la muerte.

Cindy era el resultado de una vida aparentemente plena y llena de dinero, el único problema que confesó fue que enviudó prematuramente. En adelante nunca más enfrentó problemas, en su familia nadie ha sufrido enfermedades graves, todos han partido mientras duermen como si emprendieran un viaje que los trasladara de un país a otro.



Me confesaba en sus largas conversaciones que su egoísmo era el rasgo más característico de su vida y fue algo de lo que nunca se arrepintió, nunca se casó de nuevo únicamente para no compartir su fortuna con otro hombre, tenía solamente una hija, que tiene más dinero que ella, y que jamás necesitara de su herencia, no obstante no compartía su dinero con los pobres porque son muy desagradecidos.

Mientras arreglaba sus uñas ella narraba para mí las mismas historias que le escuché durante los cinco años que la visité, decía que su mente no funcionaba, pero administraba su fortuna sin más ayuda que la de su hija. No conducía porque disfrutaba más de viajar en el servicio de transporte que el condado provee a los ancianos, y era la perfecta ocasión para socializar, pese a que decía que no le gustaba la gente.

Había veces en que la encontraba más desolada que nunca, más deprimida y más determinada a obligar a la muerte a que la rescatara de esa tristeza honda que había cargado durante los últimos años, le apenaba ver su cuerpo deteriorarse, y perder lentamente las funciones que este podía realizar cuando era una mujer joven. Lucía muy bien para su edad, y no padecía de ninguna enfermedad, ni siquiera tenía problemas de colesterol o de triglicéridos, su corazón funcionaba mejor que el de cualquiera de su edad. Dudaba seriamente que la muerte se aventurara por su casa en los próximos diez años, pero eso no se le podía decir a ella que cada día suplicaba más a la muerte que la recogiera y que la liberara del cuerpo que ya no quería más.

Mientras la escuchaba, me era inevitable ver en ella el hastío de una vida sin mayores complicaciones, de una vida que ella misma se hizo fácil para evadir la lucha y el reto de enfrentar situaciones difíciles, imagino como hubiera sido su vida si ella hubiera admitido un hombre otra vez en su vida, habría adoptado una nueva familia política y con ella, seguramente muchos problemas ajenos que con el tiempo se convertirían en suyos, pero ella quiso estar a salvo, pactar con la “seguridad” esa misteriosa dama que nos venden en tantos planes de seguros y otras verduras, una seguridad que siempre miraba en los ojos de Cindy como su condena, como aquel verdugo que se ensañó con ella, que la separó de aquel maravilloso precipicio sin fondo llamado libertad. Y pienso que después de que canjeamos la libertad por seguridad lo único que nos queda es la cárcel del hastío y rogar el sí de una muerte que retrasa su itinerario para dejar de todas formas (y en contra nuestra) al alma evolucionar. Como no habría de alegrarme que Cindy por fin se hubiera marchado.

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