LA TRIBU.

Siendo apenas un niño, mi esposo que no es colombiano, fue llevado a Colombia por asuntos laborales de su padre. Fue matriculado en uno de los más encumbrados colegios de la capital del país, Santa fe de Bogotá, lo que le brindaba cierta tranquilidad a sus padres y la certeza de una mejor educación de la que tendría en otra institución. El mismo recuerda ahora que jamás imaginó vivir las pesadillas que vivió en aquella institución.
Ya desde tan temprana edad aquellos jóvenes adolescentes usaban su “brillante” mentalidad para “jugar” a secuestrar a los pequeños de kinder y dejar notas pidiendo algo a cambio del retorno del pequeño. Pero no sólo los pequeños de kinder eran víctimas de éstas prematuras mentalidades, también lo eran los objetos de estudio, por los que había que dejar cuotas de rescate en el sitio mencionado antes de lograr recuperar los objetos secuestrados.

Pero lo que más me impresionó es que aquellos "inquietos" chicos quienes se hacían llamar "la tribu" eran hijos de los más encumbrados personajes de la política del país de aquel entonces. Eran temerarios de verdad, y mi esposo que no lograba encajar en un sistema como ése, asegura que hubo una franca guerra campal entre él y “la tribu”, pues la ley del silencio y el temor a la fortaleza política que imperaba (como seguramente sigue imperando en la actualidad) no le permitía a ningún chico salirse de "la tribu", menos aún contrariarla.

No hace falta ser un mago para saber donde se encuentran ahora muchos de aquellos adolescentes que en aquel entonces ya se entrenaban en los mejores colegios para delinquir protegidos por su cuello blanco y por su inmunidad diplomática. De esos tiempos data la estirpe de la que todos hablan pero que a nadie le consta y si le consta esconde las pruebas; a la que nadie busca y la que está escondida detrás de una ficticia idoneidad.

Yo que fui educada en diferentes escuelas de pueblos y de senderos rurales perdidos en el nordeste antioqueño, en medio de campesinos y de gente sin mayor preparación académica, donde incluso los profesores de entonces no disfrutaban de un buen escalafón, jamás tuve acceso a una película de ésa índole en colegio alguno. Nuestras travesuras más grandes eran mentir, o no hacer las tareas, y cualquier labor que implicara falta de respeto para un compañero era una falta fuertemente castigada. No nos había alcanzado aún la sicología y su poderoso temor al trauma ocasionado por ser reprendidos; y eso facilitó seguramente la labor disciplinaria de aquellas instituciones. La ley del más fuerte y del menos poderoso no formó parte de mi entorno educativo durante mis años de estudio. También fuimos perfectos bilingües aprendimos dos lenguas: el español y el idioma del respeto por los demás y por lo ajeno.

Con el paso del tiempo, las leyes que protegen al menor se han fortalecido, cada país tiene una buena legislación que vela ante todo por la buena educación de los menores y por un excelente trato para ellos, no obstante éstas leyes son inversamente proporcional al éxito que se está obteniendo con la educación de las nuevas generaciones. Quizá porque hay poca preocupación real por hacer valer esas leyes, o porque hay desconocimiento de las mismas, o porque el temor a hacer cumplir la ley es lo único que sigue vigente.

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