UNA VERDAD INCÓMODA.

Durante el último empleo que tuve, la mayoría de mis compañeros de trabajo, padecían de un mal común, guardarse la verdad acerca de las personas para tener tema de que hablar cuando las personas en mención no estuvieran presentes, creo si mal no recuerdo que el término que encontró la real academia de la lengua para este tipo de conducta fue hipocresía.

Una vez durante la hora del desayuno que entre otras cosas realmente duraba una hora. Todos nos reuníamos en una cafetería del aeropuerto (trabajaba en el aeropuerto) a comer. Ese día en especial habíamos comprado entre todos una comida especial. La mesera que raras veces nos saludaba se acercó atraída por el recipiente que contenía nuestros alimentos, lo destapó sin autorización y sin pedirla tampoco, se le antojó comer, y así sin permiso alguno decidió cuales porciones quería y las asaltó sin previo aviso. Todos en la mesa se tornaron incómodos, pero nadie se atrevía a expresarlo, todos lucían dispuestos a guardar en su eterno desván de sinsabores uno más. Ante mis ojos desfiló la misma ya aburrida y gastada escena, ella partiría de allí con nuestros alimentos que tomó sin permiso mientras los saboreaba, y todas le enviarían una sonrisita hipócrita de falsa aprobación que a ella poco le importaría, después de que se hubiera alejado de la mesa, todas comentarían lo grosera que había sido, lo mal educada, la descortesía tan grande por hacer tal cosa ¡pero como se le ocurre! ¡como puede hacer semejante cosa! ¡es el colmo! etc. Pareciera que deliberadamente pactaran y atrajeran este tipo de situación para tener en que ocupar los siguientes 45 minutos de descanso laboral.




Entonces decidí abortar la escena, detener a la mesera y le dije en mi mejor tono de voz, todo aquello que estabamos pensando y que estoy segura nadie más le diría, la enteré de su descortesía y de su falta de tacto. Y ella que no soportó el encuentro repentino con una verdad acerca de si misma, reaccionó de la única manera que le permitiría evadir su realidad, lanzó los alimentos sobre la mesa mientras la golpeaba y se marchó. Exhalé aliviada mientras me enfrenté con el rubor de mis compañeras, las que necesitaban el banquete para alimentar los siguientes 45 minutos de descanso laboral, estaban tan apenadas y en coro repitieron que nunca se imaginaron que fuera capaz de hacer algo así ¿? Mientras yo me enteraba que decir la verdad es un asunto de valentía.

Sin proponermelo les otorgué un nuevo banquete que comentar los siguientes 45 minutos. Mientras las escuchaba silenciosa refugiada en un café, me debatía entre haber sido el héroe que muere por la verdad y ser la mujer atrevida que era capaz de hacer cosas como enfrentar a la gente con sus demonios, unas me felicitaban, mientras que otras me condenaban, el hombre de poder de la empresa me juzgó con dureza y me condenó.

Salí de allí como un héroe de guerra amputado, ni siquiera se la guerra de quien libré, creí que había librado la guerra entre la verdad y la hipocresía, pero quien sabe a lo mejor y ganó la hipocresía, dicen por ahí que una guerra sin seguidores es una guerra perdida, yo estuve sola allí, y siempre que me encuentro en una situación en donde tengo que elegir entre decir la verdad o comportarme como se espera, sucede exactamente lo mismo, por algo dicen que la verdad tiene la desventaja de que incomoda a los hipócritas.

Comentarios

Anónimo ha dicho que…
Considero que hiciste lo correcto, aunque nadie, excepto tu, se atreviera a hacerlo

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